Belém, la capital del estado de Pará en Brasil, se ha convertido en el centro de atención internacional al ser la sede de la Cumbre del Clima (COP30). Sin embargo, detrás de la fachada de este evento global, se oculta una realidad alarmante: la desigualdad climática que afecta a las comunidades más vulnerables de la ciudad. La ONU ha definido el ‘racismo climático’ como la situación en la que las comunidades históricamente marginadas soportan la mayor parte de los impactos del cambio climático. En Belém, esta definición se traduce en una lucha diaria por la supervivencia de miles de personas que enfrentan condiciones de vida precarias y un entorno urbano hostil.
La ciudad es conocida por su rica biodiversidad y su cultura vibrante, pero también es un lugar donde la pobreza y la falta de infraestructura son evidentes. Un estudio reciente del Instituto Plis ha puesto de manifiesto que el 73,3% de la población de Belém es negra, y en las favelas, este porcentaje asciende al 78,5%. Este patrón refleja un modelo urbano que ha relegado a la población negra a las zonas con menor infraestructura y mayor exposición a los riesgos climáticos. Las lluvias torrenciales, las inundaciones y el calor extremo son solo algunas de las consecuencias que enfrentan estas comunidades, que a menudo carecen de los recursos necesarios para adaptarse a un entorno cambiante.
La vulnerabilidad climática en Belém se ve exacerbada por la falta de áreas verdes y la escasez de infraestructura adecuada. La Organización Mundial de la Salud recomienda que las ciudades cuenten con al menos un 30% de cobertura vegetal, pero en Belém, esta cifra varía significativamente entre los diferentes barrios. Mientras que el promedio de la ciudad es del 33,3%, en las áreas de menor renta, la cobertura vegetal desciende al 29%. Esto significa que las comunidades más pobres tienen menos acceso a sombra y a la capacidad natural de mitigar las altas temperaturas. Las viviendas en estas áreas, construidas con materiales de bajo rendimiento térmico, agravan aún más la situación, exponiendo a sus habitantes a condiciones de calor extremo.
Además del calor, las inundaciones son un problema recurrente en Belém. La expansión de la ciudad sobre áreas frágiles ha llevado a que unas 136.000 personas vivan en márgenes de ríos y orillas de igarapés, donde el saneamiento es deficiente y la vegetación escasa. Aunque el 75,9% de las viviendas en Belém están en vías con desagües, en las favelas este porcentaje cae al 68,8%. Esto pone de manifiesto una brecha significativa en la infraestructura que afecta directamente la calidad de vida de los residentes.
Las obras anunciadas para preparar a Belém para la Cumbre del Clima han dejado fuera a las comunidades más necesitadas. El gobierno del estado de Pará ha destinado un paquete de intervenciones para mejorar el drenaje urbano, pero estas inversiones se concentran en barrios de renta alta, mientras que las áreas populares sufren las consecuencias de la falta de atención. Por ejemplo, en la cuenca del Tucunduba, las obras han llevado a desalojos forzados que han dejado a muchas familias sin hogar, empujándolas a nuevas áreas de precariedad.
La situación es especialmente crítica en comunidades como Vila da Barca, una de las mayores comunidades de palafitos de América Latina, donde alrededor de 3.000 personas viven en condiciones extremas. Las casas, construidas sobre estacas de madera, son vulnerables a la erosión y a la falta de saneamiento básico. A pesar de que Belém está construyendo una estación de tratamiento de aguas residuales, esta comunidad ha quedado al margen de los beneficios, enfrentando la llegada de escombros y desechos que han deteriorado aún más sus condiciones de vida.
La crisis climática no solo es un problema ambiental, sino que también es un problema de justicia social. Las comunidades más afectadas son aquellas que han sido históricamente marginadas y que ahora enfrentan las peores consecuencias del cambio climático. La Cumbre del Clima en Belém debe ser una oportunidad para abordar estas desigualdades y garantizar que las voces de las comunidades vulnerables sean escuchadas en la toma de decisiones. La lucha contra el racismo climático no puede ser ignorada, y es fundamental que se implementen políticas que prioricen la equidad y la justicia en la adaptación al cambio climático. Solo así se podrá construir un futuro más sostenible y justo para todos los habitantes de Belém.
