La directora colombiana Clare Weiskopf construye un retrato íntimo sobre la maternidad, la libertad, el sacrifico y la renuncia asociados al hecho de ser madre, a través de la historia de su madre, Valerie Meikle

Ciudad de México (N22/Ana León).- En La patria de las mujeres (1915), de Charlotte Perkins Gilman ésta “construye un reino utópico –¿amazónico?– donde las hembras se bastan a sí mismas, se reproducen por partenogénesis y eliminan las taras de la sociedad patriarcal basada fundamentalmente en la discriminación sexual y en los prejuicios de género”, ésta es una de las muchas obras escritas por esta rebelde escritora estadounidense nacida en 1860, que se opuso a desempeñar el papel que su época le tenía preparado. Perkins es autora de un texto breve que se volvió insignia del movimiento de las mujeres, El tapiz amarillo (1892). Texto autobiográfico en el que se debate entre ese amor “natural”, el sacrificio y la renuncia, asociados a la maternidad, entendida ésta como realización femenina: después de dar a luz a su primera hija la escritora cae en una depresión posparto que es mal diagnosticada como locura. Ya que “su estado” la lleva a rechazar y a desestimar su gusto por el matrimonio y por el hecho de ser madre.

Perkins ni estaba enferma ni loca, pero no encontraba en el hecho de ser madre la realización y la felicidad extrema tan cantada por todos aquellos que la rodeaban y la que una vida de trabajo y servicio, a la que aspiraba, sabía le podrían dar. ¿Qué significa ser madre? ¿Quién está primero: la mujer o la madre? Éstas y otras preguntas que se hizo la escritora, y que le costaron ser señalada más de un siglo atrás, son el tema central de Amazona, el documental de Clare Weiskopf  que echa mano de su historia de vida para indagar, justo cuando ella está a punto de ser madre, sobre las ideas preconcebidas que se tienen sobre la maternidad.

Amazona aborda la historia de Valerie Meikle, madre de la directora colombiana, quien decidió poner primero a la mujer que a la madre. Meikle, mujer inglesa e independiente, se casó con un colombiano con el que tuvo dos hijas y de quien se divorció años después pues la vida doméstica la sofocaba. Se casó de nuevo con el padre de la directora con quien tuvo a ésta y a un niño, Diego. La nueva familia llevaba una vida itinerante, de campo, muy al estilo de las comunas hippies. El esposo de Valerie propenso a la depresión, años después, se mudó a la ciudad. Los dos niños se quedaron con la madre quien en sus viajes y constantes mudanzas buscaba la libertad y consecuente felicidad, motores de su existencia. La separación definitiva con sus hijos vino cuando tras la tragedia de Armero, en Colombia, Val, como la llaman en el filme, perdió a una de las hijas de su primer matrimonio, Carolina, que filmaba una película.

El incidente profundizó esa búsqueda interna, insaciable, de Valerie y la llevó a internarse en el Amazonas, momento en que sus hijos deciden dejar de seguir sus sus pasos y abandonar ese estilo de vida para trasladarse a la ciudad a una casa con un padre ausente. El hecho marcó la vida de Clare que lejos de prejuicios e ideas preconcebidas se acerca, en este filme,  a la vida de su madre, a la de una mujer de una fuerza enorme que se atrevió a ser ella misma y a desafiar las convenciones.  

“¿Nunca sentiste que pusiste por encima de tus hijos a ti?”, pregunta Clare a su madre, a lo que ella responde: –Yo creo que sí, claro, porque ése es uno de los problemas de ser mamá, ¿no? Pero lo más importante en la vida de uno, ¡es la vida de uno! Una respuesta nada sencilla con la que se define, en mucho, la mentalidad de una mujer de 80 años que vive en medio de la selva y que al ser llevada al pasado de la mano de su hija no se arrepiente de ninguna de las decisiones tomadas porque como ella misma señala en el filme: ¡mi vida fue mi vida!

¿Cuántos de nosotros podemos decir eso? ¿Cuánto determina lo que hacemos las pautas culturales de la sociedad en la que vivimos? ¿Cuántos siglo más habrá que luchar contra “las taras de la sociedad patriarcal basada fundamentalmente en la discriminación sexual y en los prejuicios de género”? Porque aunque el filme se centra en la figura materna ausente, no se destaca y se analiza de la misma forma la figura paterna también ausente.

Lo que inició como un perfil con un presupuesto de 24 mil dólares, logrado a través de las plataformas de fondeo colectivo, devino en un retrato íntimo que expone, sin juzgar, hasta dónde el ejercicio de la libertad puede llegar a herir a otros y sobre las tareas y obligaciones asociadas al género, como la responsabilidad sobre los hijos, el ser “una buena madre” y el malentendido e idealizado instinto materno.

Amazona, distribuida por Interior XIII, se encuentra en su última semana de exhibición en la Ciudad de México en salas del Cine Tonalá, Cinemanía y la Cineteca Nacional, y dio inicio a una gira por el interior de la república.