Una amistad sustentada en el entendimiento de que la responsabilidad y la prudencia son conceptos fundamentales en la tarea de servicio

Ciudad de México (N22/Karen Rivera).- El historiador y cronista José Luis Martínez conoció al ensayista y narrador Alfonso Reyes, en la primera mitad del siglo XX, la relación  literaria que ambos pensadores mexicanos mantuvieron durante veinte años fue motivo de reflexión en la Capilla Alfonsina, donde el investigador Víctor Díaz Arciniega y el académico Rodrigo Martínez, compartieron algunos momentos que marcaron la amistad de estos personajes.

“Es una relación muy noble, en el más amplio sentido del término, primero porque el joven de escasos 21 años en 1939 se acercó al maestro Alfonso Reyes, y digo maestro en el sentido estricto del término, que tenía ya entonces casi cincuenta años, es decir, hay casi treinta años de diferencia en la edad entre el uno y el otro. Y el joven José Luis se acercó como estudiante de la Facultad de Derecho a pedirle consejo en función de una revista que estaban creando en la facultad y que de ahí comenzó una amistad”, explicó el historiador Víctor Díaz.

“Mi padre venia aquí frecuentemente”, contó Rodrigo Martínez, hijo de José Luis Martínez, “a tratar asuntos, a cenar con don Alfonso y doña Manuelita, de tal modo que lo principal de esta relación estaba en la conversación oral, y muy de vez en cuando en el teléfono. Después hubo otro momento que va a definir muy claramente una relación muy interesante entre mi padre y don Alfonso que es cuando mi padre entra como secretario particular de Jaime Torres Bodet como secretario de Educación Pública, entre 1943 y 1946”.

En palabras del historiador Víctor Díaz, Reyes le enseña a Martínez que “un concepto que es fundamental en la tarea de servicio es la responsabilidad y otro, la prudencia. Son dos conceptos de índoles moral que en la relación de este par de hombres, a pesar de la diferencia de edad, va a ser de enorme importancia”

“El curador de las letras mexicanas” como Gabriel Zaid llamaba a José Luis Martínez, estaba consciente de que le debía a Alfonso Reyes su constancia en el trabajo como ensayista  y su amor por la historia de la literatura nacional. Momentos que quedaron retratados en los diarios que escribió el autor de Visión de Anáhuac.

“Don Alfonso muere en 1959; en 1957 le manda a mi papá un paquete de cartas y de papeles delicadas, de temática problemática, personas que lo habían molestado, que lo habían atacado, ‘cuando yo ya no esté, cuando yo muera, si es necesario, si hay un periodicazo o algo, aquí tiene usted, estos documentos para que salga en mi defensa’. Este cuerpo de documentos le llamó don Alfonso, en clave secreta, “El cerro de la silla”. Rodrigo Martínez pretende publicar próximamente esta serie de cartas.