El autor, Premio Formentor de las Letras, se refiere a su acervo ausente como aquellos miembros del cuerpo que se han perdido pero que aún siguen sintiéndose

Imagen: Alberto Manguel / FIL Guadalajara / © Nabil Quintero Milián

Guadalajara (N22/Alberto Aranda).- En el 2000 Alberto Manguel montó su biblioteca en un presbiterio antiguo en Francia pensando que ese sería el lugar definitivo de sus libros; sin embargo, la vida y el azar le hicieron cambiar sus planes: mudarse a Nueva York hizo que la reuniera en cajas para emprender un nuevo viaje. Poco tiempo después le ofrecen dirigir la Biblioteca Nacional de Argentina y sus libros terminaron embalados en un depósito en Quebec

“Hay algo de entierro en el embalaje de una biblioteca, hay algo de acallarlos, enceguecerlos, enmudecerlos y por lo tanto hay algo muy terrible en esa acción de guardarlos en cajas ahora; sin embargo, mis libros siguen vivos, es un entierro prematuro que a pesar de ser enmudecidos gritan en la noche y los escucho. He comprobado que en los últimos cuatro años que la biblioteca está embalada, sigo trabajando con ella, con los libros, con los textos que recuerdo. Cada uno de nosotros formamos una biblioteca mental que llevamos con nosotros que es muy distinta a la biblioteca física porque nuestra memoria selecciona cierto volumen o ciertas páginas”, describe Manguel, Premio Formentor de las Letras.

Esta experiencia de reunir sus posesiones más preciadas decantó en el libro Mientras embalo mi biblioteca, volumen publicado por Almadía. La narración está cargada de recuerdos, pero también de dolor y angustia

“Estoy escribiendo algo y digo: esa referencia está en tal libro que está en tal estantería y mi mano tiende a ir a ese estante y buscar el libro que no está ya. Hay algo de ese fenómeno fisiológico de cuando a uno le amputan una pierna, o una mano, que sigue sintiendo dolor o sensaciones físicas en ese miembro que ya no existe. Yo sigo sintiendo esto con mi biblioteca desaparecida”.

El amor y devoción por los libros no queda en la anécdota ya que al pasar las hojas el autor nos recuerda el poder que tienen la palabra contenida en una publicación, pues “el conocimiento siempre es un peligro”, apunta. “El mito de Prometeo y el robo del fuego a los dioses para alimentar el conocimiento humano es un mito que refleja los temores que tienen todos los que están en el poder. De lo que podemos hacer en nuestras mentes secretamente. Hacer preguntas que constituyan un peligro para los que están en el poder que se toman la prerrogativa de la autoridad sin tenerla. Lo que hace un lector es aprender a hacer preguntas. Lo que hace la literatura es enseñar a reflexionar es por eso que ningún gobierno verdadero, verdaderamente alienta la lectura. Los programas de lectura son una decoración”.