El martes 15 de agosto Juan Villoro y Pablo Gasparini presentarán este documental que medita sobre el viaje y el viajero, la melancolía de la partida

Ciudad de México (N22/Redacción).- Durante diez años recorriendo México con una cámara al hombro, el fotógrafo italo-venezolano Paolo Gasparini reunió cientos de fotografías agrupadas bajo cuatro temas básicos: la frontera con Estados Unidos, los tarahumaras, la Ciudad de México y el movimiento zapatista. A partir de las imágenes, Juan Villoro elaboró un texto que dialoga con ellas en el documental Letanías del polvo que ya ha sido presentado en diferentes sedes (además de que se puede ver en Vimeo) y que el próximo martes 15 de agosto, con la presencia de Gasparini y Villoro, se presentará una vez más en El Colegio Nacional a las 19 horas.

A continuación un fragmento del texto de Juan Villoro que acompaña el recorrido gráfico.

 

Meditación del viaje

El itinerario comienza con una melancolía de la partida, el viajero se deja un poco a sí mismo, se busca lejos, todo se hace horizonte. Importa el sitio donde no te encuentras, la dirección a la que te diriges, la orientadora lejanía. Viajar para ver. La mirada es la única parte del cuerpo que está en la distancia. El caminante entiende por sus pasos que sólo importan los ojos.

Árboles, cercas, carreteras, rostros, pájaros, trozos, partes de algo, gramáticas sueltas de la tierra. ¿Qué llevamos al viajar? En las fronteras empleados de uniforme preguntan, ¿usted mismo empacó su maleta? Las cosas del viajero se vuelven peligrosas si no son suyas. ¿Y qué decir del equipaje interno? Nosotros reunimos las cosas que llevamos dentro y los murmullos, los consejos, las otras voces que están ahí. ¿Usted mismo empacó su maleta?

Flechas, paisajes, estatuas, letreros, garitas, aduanas, anuncios, señas de orientación. Conforma eso un orden y una ruta. La promesa de avanzar es un camino cierto ¿Qué proximidad puede ganar lo ajeno? Si te acercas mucho, el territorio se vuelve como la palma de tu mano, las líneas familiares donde todo cambia. El destino que se desplaza depende de los ojos. Las imágenes que te llaman y te dicen algo son como cerraduras, ves a través de ellas, sin poder abrirlas. Algo te hace saber que existe una llave, que te la has tragado. Te inquieta lo que ves afuera porque te comiste la llave. Mirar a lo lejos lo que vive dentro. Resonancias, correspondencias, ¿usted mismo empacó su maleta?

Líneas de fuga, el viaje en la mano. La piel del tiempo, la piel del adivino. Intemperies, barrios, laberintos, campos, bicicletas, a veces una playa. Cada paso, un punto de llegada, una duda, un extravío. Por todas partes salen niños sueltos sin ocupación ni propósito. Ojos nuevos miran al que mira. Los viajes de la infancia son decididos por otros, ¿cuánto falta para llegar?, ¿estamos lejos? Alguien debe saberlo. Extenuados, hartos, los niños confían en el piloto. El viaje que debería concluir no concluye. Pero alguien conoce la ruta.