Un fragmento del nuevo ensayo de esta red de intelectuales y activistas franceses publicado en español por la editorial Pepitas de calabaza

Ciudad de México (N22/Redacción).- Las protestas en toda Francia durante la primavera del 2016 detonadas por la Reforma laboral y la escasa probabilidad de futuro en un presente que se consume a sí mismo, detonan una nueva reflexión del Comité Invisible, referente del pensamiento radical contemporáneo.  Ahora, apela a los cuerpos, al diálogo, al motín, a la destitución de las instituciones y su vaciamiento de sustancia. El Comité apunta en esta nueva entrega, que se puede considerar una continuación de A nuestros amigos (2015), hacia la toma del mundo y no del poder (la consigna «El mundo o nada») , a la transformación subvirtiendo la forma de vida que conocemos y adoptando nuevos modelos. En el arranque del texto –del que publicamos un fragmento del capítulo tres “Muerte a la política”– se nos advierte: “Todas las razones para hacer una revolución están ahí […] pero no son las razones las que hacen las revoluciones; son los cuerpos. Y los cuerpos están delante de las pantallas”.

Muerte a la política (fragmento)

 

Lo que pasó en la primavera de 2016 en Francia no fue un movimiento social, sino un conflicto político, de la misma forma que 1968. Esto se nota en sus efectos, en las irreversibilidades que produjo, en las vidas que hizo bifurcarse, en las deserciones que determinó, en la sensibilidad común que se afirma desde entonces en toda una parte de la juventud y más allá. Definitivamente, toda una generación podría volverse ingobernable. Tales efectos se hicieron sentir hasta en las filas del PS, en la ruptura entre las fracciones que se polarizaron en ese momento, en el desgarro que a largo plazo lo condena a la implosión. Los movimientos sociales tienen un marco, una liturgia, un ceremonial, que define como desbordamiento todo lo que se sale de ellos. Ahora bien, este conflicto no solamente no dejó de desbordar todos los marcos, ya sean políticos, sindicales o policiales, sino que en el fondo no fue más que una serie ininterrumpida de desbordamientos. Una serie ininterrumpida de desbordamientos tras la cual no dejaron de correr sin esperanza todas las viejas formas deslucidas de la política. La primera convocatoria a manifestarse el 9 de marzo de 2016 fue un desbordamiento de los sindicatos por parte de los youtubers, pues los primeros no tuvieron más opción que seguir a los segundos si querían conservar alguna razón de ser. Las manifestaciones que se sucedieron a partir de entonces vivieron un constante desbordamiento de las marchas por parte de los «jóvenes», ahora situados a la cabeza. La propia iniciativa de la Nuit Debout era un desbordamiento de cualquier marco de movilización reconocido. Las salidas en manifestación salvaje desde la plaza de la República, como el aperitivito en casa de Valls, fueron a su vez un desbordamiento de la Nuit Debout. Y así sucesivamente. La única «reivindicación del movimiento»  —la derogación de la ley El Khormi— no era tal, dado que no dejaba lugar para ningún arreglo, para ningún «diálogo». Por su carácter enteramente negativo, no significaba más que el rechazo a seguir siendo gobernados así, y para algunos el rechazo a ser gobernados sin más. Aquí nadie, ni en el gobierno ni entre los manifestantes, estaba dispuesto a la más mínima negociación. En los buenos tiempos de la dialéctica y de lo social, el conflicto todavía era un momento del diálogo. Pero aquí los simulacros de diálogo no fueron sino simples maniobras: tanto para la burocracia estatal como para la burocracia sindical, se trataba de marginar al partido eternamente ausente de todas las mesas de negociación: el partido de la calle, que entonces lo era todo. Fue un choque frontal entre dos fuerzas —gobierno contra manifestantes—, entre dos mundos y dos ideas del mundo: un mundo de muertos de hambre en el que destacan algunos muertos de hambre jefes y un mundo hecho de muchos mundos, donde uno respira, baila y vive. La consigna «El mundo o nada» planteó de inmediato de qué se trataba en realidad: la ley del Trabajo jamás constituyó el terreno de la lucha, sino su detonador. No podía haber reconciliación final. No podía haber más que un vencedor provisional y un vencido ebrio de venganza.

Lo que sale a la luz en todo surgimiento político es la irreductible pluralidad humana, la insumergible heterogeneidad de los modos de ser y de hacer, la imposibilidad de la más mínima totalización. En toda civilización movida por una pulsión hacia lo Uno, esto siempre supondrá un escándalo. No hay palabras ni lenguaje propiamente políticos. No hay más que un uso político del lenguaje en situación, frente a una adversidad determinada. Que una piedra sea arrojada contra un antidisturbios no hace de ella una «piedra política». Tampoco hay entidades políticas tales como Francia, un partido o un hombre. Lo que es político en ellas es la conflictividad interna que las moldea, es la tensión entre los componentes antagonistas que las constituyen en el momento en que salta en pedazos la bella imagen de su unidad. Tenemos que abandonar la idea de que no hay política más que allí donde hay visión, programa, proyecto y perspectiva, donde hay finalidad, decisiones que tomar y problemas que resolver. Política verdaderamente solo la hay en lo que surge de la vida y hace de ella una realidad determinada, orientada. Y esto nace de lo cercano y no de la proyección hacia lo lejano. Lo próximo no significa lo restringido, lo limitado, lo estrecho, lo local. Significa más bien lo concertado, lo vibrante, lo adecuado, lo presente, lo sensible, lo luminoso y lo familiar: lo prensible y lo comprensible. No es una noción espacial, sino ética. La distancia geográfica es incapaz de alejarnos de aquello de lo que nos sentimos próximos. Y a la inversa, ser vecinos no siempre nos acerca. Solo en el contacto se descubre al amigo y al enemigo. Una situación política no procede de una decisión, sino de un choque o del encuentro entre varias decisiones. Quien parte de lo próximo no renuncia a lo lejano, simplemente se ofrece una oportunidad para llegar a ello. Pues es siempre desde el aquí y ahora como se ofrece lo lejano. Es siempre aquí donde lo lejano nos afecta y donde nos preocupamos de él. Y esto al margen de cuál sea el poder de desarraigo de las imágenes, la cibernética y lo social.

Una fuerza política auténtica no puede construirse más que de lo cercano a lo cercano y de momento en momento, y no por la simple enunciación de finalidades. Por otro lado, establecer fines es también un medio. Uno solo hace uso de ellos en situación. Hasta una maratón se corre paso a paso. Esta forma de situar lo que es político en lo próximo, que no es lo doméstico, es la aportación más preciosa de cierto feminismo autónomo. En su tiempo, dicho feminismo puso en crisis la ideología de partidos izquierdistas enteros, y que estaban armados. Que después algunas feministas hayan contribuido a alejar de nuevo lo próximo, lo «cotidiano», ideologizándolo, politizándolo exteriormente, discursivamente, constituye esa parte de la herencia feminista que se puede declinar sin problemas. Y por supuesto, todo en este mundo está hecho para distraernos de lo que está ahí, completamente próximo. Lo «cotidiano» es, por predisposición, ese lugar que una cierta anquilosis quisiera preservar de los conflictos y de los afectos demasiado intensos. Es precisamente esta cobardía la que permite que todo sea descartado y termina por hacer que lo cotidiano sea tan pegajoso y las relaciones tan viscosas. Si estuviéramos más serenos, más seguros de nosotros mismos, si temiéramos menos el conflicto y lo que un encuentro viene a trastornar, sin duda sus consecuencias serían menos fastidiosas. Y puede que incluso no lo fueran en absoluto.

Comité invisible, Ahora (Maintenant), 2017, Pepitas de calabaza. Traducción del francés: © Diego Luis Sanromán