En El inconcebible universo José Gordón propone mapas para hallar los secretos que hacen del universo un todo

Mischa Kuball, Space Speech Speed, 2001. Centre for International Light Art Unna

Ciudad de México (N22/Perla Velázquez).- Dice José Gordon que la curiosidad se puede percibir en la mirada; la de él es penetrante y fija. Sus ojos observan cada cosa que pasa alrededor. Antes de comenzar la entrevista se levanta de la mesa para saludar a un amigo, quien le agradece por existir y por continuar en la divulgación de la ciencia. Y es que, desde hace más de diez años, por invitación del escritor Jorge Volpi, entonces director del Canal 22, comenzó La oveja eléctrica, programa de televisión dedicado a la ciencia.

La aventura ha provocado miles de conexiones sinápticas en José Gordon, porque el programa es una especie de laboratorio para ver la manera en que la ciencia puede ser explicada y entendida por el televidente; la literatura se sumó al equipo como un elemento de conexión. “De manera espontánea” explica el escritor “yo unía la ciencia y la literatura, porque tal vez mi formación y mis mapas hacían que mi mirada naturalmente se dirigiera a ver cómo se daban esos vasos comunicantes entre ambos mundos.”

Gordon recuerda una plática con el científico Rodrigo Quian Quiroga, quien le dio una clave para que la unión se concretara:

Él descubrió la neurona de Jennifer Aniston, es decir, las neuronas de conceptos. Cuando hablé con el investigador descifré un mecanismo muy antiguo de asociación en la memoria, que se da al vincular un concepto con otro. Ahí está la clave para abrirnos a conocimientos inéditos. ¿Qué tal que asociamos historias o relatos que son extraños en ciencia, con historias o relatos que son extraños en literatura? Porque la historia de la literatura empieza a tener más sentido cuando la enfrentas a la historia de la ciencia; aunque los dos relatos son extraños se empieza a establecer una conexión, una neurona de concepto.

¿Con la literatura se puede suavizar el discurso científico?

La literatura es una especie de sismógrafo, porque te revela las capas más sutiles del pensamiento. Por ejemplo, para explicar las ondas gravitacionales utilicé un capítulo de Rayuela, en donde Julio Cortázar describe un beso: “tiemblas con la persona amada, como el temblor delicado de la luna en el agua”. Esta descripción es idéntica al temblor que crean las ondas gravitacionales de Einstein. Entonces, si pones un relato a lado de otro, tendrás una experiencia sensible de lo más delicado de la ciencia, que no son lo mismo, no equivalen, pero un relato espejea a otro y de repente te llevas el sabor de la onda gravitacional de una manera más íntima y tal vez con esa unión creaste una neurona de concepto, la neurona de las ondas gravitacionales.

 

Cuando la oveja se electrificó

Divulgar la ciencia en México parecería ser un acto aburrido y pesado, porque gran parte de la población considera que la ciencia establece “conceptos difíciles de entender”. Para José Gordon no es así. A él le preocupa la fragmentación que se ha ido dando entre las disciplinas humanísticas y científicas, dice, que por eso el entendimiento del quehacer científico es una actividad pesada para la sociedad.

¿Cómo se interesó por la divulgación científica?

Fue un sentir que amaneció muy temprano en mí. El mundo de la literatura y de la poesía, siempre me ha interesado, pero de repente empecé a tener contacto con algunos relatos de ciencia y vi que tenían la belleza de un relato literario. Así que desde los 18 años empecé a estar en contacto con revistas científicas y con libros.

Hace 24 años la señal televisiva de Canal 22 era noticia, porque el primer canal cultural comenzaba transmisiones. A lado de la periodista Myriam Moscona estaba José Gordon, ambos daban la primicia del surgimiento de una nueva opción para ver contenidos. Era el comienzo de una televisora que le abriría las puertas a la divulgación científica, reafirmando con ello el carácter cultural de la ciencia.

La oveja eléctrica es el resultado de la decisión que tomó Gordon al aceptar hacer el primer programa sobre ciencia. “Volpi me dijo que trabajara una producción desde el ángulo que yo lo veía. Ahí entendí que estaba ante la posibilidad de conversar con algunos de los personajes más notables del quehacer científico”, y no sólo eso, el escritor se dio cuenta de la humildad y la sencillez que embarga a los grandes científicos, así como la necesidad que existe porque su mundo se comparta.

José Gordón explica:

“Al comenzar me di cuenta del gran esfuerzo que existe en México por mantenerse al día, por enfrentar los problemas que están haciendo que la ciencia no sea reconocible como algo necesario en la sociedad. Esa batalla me ha tocado verla desde el Canal 22.”

La curiosidad científica empieza por tratar de entender las cosas, ¿cómo han tomado esta premisa en el programa?

La oveja se ha convertido en algo muy entrañable para poder hablar de temas de ciencia, pero bajarlos a nivel de ese interés que tenemos todos por entender las cosas. Seamos científicos o no, todos tenemos deseos de entender lo que nos rodea o por lo menos tendríamos que tener esa curiosidad despierta, porque del entendimiento viene la transformación. Yo quiero pensar que si tenemos una sociedad que basa sus decisiones en términos del pensamiento crítico de la ciencia y de la sensibilidad del arte, si tuviéramos esa exigencia a los gobernantes, estaríamos hablando de otras posibilidades. Por eso es tan importante abrir esos mapas.

En esta década, La oveja eléctrica se ha posicionado como un referente en los modelos de comunicación de la ciencia en Latinoamérica. “Realmente se quedan fascinados de que los mapas de sociedad de conocimiento e imaginación se puedan expresar en una cultura como la mexicana”, recalca Gordón. El programa ha llegado a países como Venezuela y Colombia, se espera que pronto llegue a más naciones.

 

Tras el sueño de Einstein

Recientemente el escritor publicó El inconcebible universo. El texto es un ensayo que “de alguna manera había acariciado hace mucho tiempo”. En las páginas, y a través de una prosa digerible, José Gordon sumerge al lector en una hipótesis: ¿es cierta la unidad de la naturaleza, que va más allá de las apariencias de los conceptos que tenemos como concebibles?

El sueño de Gordon ha sido el mismo que han tenido científicos como Einstein, quien buscaba un nivel unificador de la naturaleza; Stephen Hawking, con la Teoría del todo o también la Teoría de Cuerdas, que explica que más allá de comprender si venimos del polvo de estrellas, se trata de entender que ese polvo proviene de una sola cuerda, que es de la que nació el universo.

Pero como en todo, fue una pregunta la que detonó este sueño. Cuando José Gordon viajó al Colisionador de Hadrones en Ginebra, Suiza le preguntó al físico Gerardo Herrera: ¿qué había más allá del Bosón de Higgs? Él planteó la posibilidad de descubrir el sueño de la unidad, porque en el Colisionador de Brookhaven se había hallado un “plasma de quarks y gluones”, que se originó en las millonésimas de segundo que vinieron después del Big Bang. “Es un fenómeno que no se esperaba”, asevera el escritor, “ese universo líquido se enfrió y luego comenzó lo que en la actualidad conocemos como protones y neutrones, de lo que hoy se compone la materia.”

Posteriormente, el divulgador comenzó una búsqueda sobre el tema, así estaba surgiendo el nuevo libro que ahora aparece bajo el sello Sexto Piso.

“Encontré que Juan Martín Maldacena, de la Universidad de Princeton, hizo una aplicación distinta de la Teoría de Cuerdas y planteó que la “sopa de quarks” era una evidencia experimental de que la teoría podía relacionarse con la realidad, porque el problema que presentaba ese paradigma es que, a pesar de que matemáticamente es impecable, no estaba conectada con la realidad. Pero lo que estaba revelando es que existe unidad en la naturaleza.”

A esta indagación se sumaron voces científicas como la de Gabriela Frías y Alberto Güijosa, del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM; Leonard Susskind, de la Universidad de Standford; y el Premio Nobel de Física, George Smoot, las cuales abrieron los mapas de lo que está ocurriendo en la ciencia y “de lo que había pasado después del sueño de Einstein”.

Sin embargo, Gordon ha visto en la literatura la misma intención de encontrar cuál es el enlace de todos los puntos del universo. “Eso no es otra cosa que “El Aleph”, de Borges, un holograma cósmico, en donde están unidas todas las expresiones de la naturaleza”, afirma. También recuerda la entrevista que sostuvo con Amos Oz, escritor israelí en cuya novela Tocar el agua, tocar el viento (Pomaire Editorial, 1980), el protagonista está tratando de descubrir los niveles más finos de la naturaleza.

“Lo más interesante que él plantea es que si queremos entender esta unidad, tendríamos que ir un poquito más lejos. Eso es lo que se atreve a hacer la literatura, que no hace la ciencia. Aunque son distintas y tienen diferentes rigores, pero en realidad el escritor busca encontrar la fuente de todas las fuerzas de la naturaleza, no sólo la gravedad, sino también la pasión o el deseo. Octavio Paz también lo planteó, él decía que la próxima revolución del conocimiento vendrá cuando además de tener variables como E = Energía, también pudieran aparecer variables como R = Ritmo, I = Intensidad.”

Esta unión se entreteje en los breves textos que componen el libro, ¿cómo planteó el texto?

Me di cuenta que por un lado aparecía Amos Oz, Octavio Paz y por el otro Gerardo Herrera, Leonard Susskind o Maldacena, así se fue configurando, además que decidimos incluir códigos QR, los cuales con un teléfono celular te permite ver fragmentos de las entrevistas, que sostuve con cada uno de los investigadores que utilicé para el libro y que aparecieron en La oveja eléctrica, de Canal 22. También se pueden encontrar ilustraciones de Patricio Betteo, que aligeran la lectura.

Con el libro, José Gordón se dio cuenta que en los últimos años la ciencia nos está abriendo niveles que eran inimaginables que funcionaran de esa manera. “Sin embargo, los mapas más audaces del conocimiento están pasando por ideas que son de vanguardia y que además creo que son vitales para ponernos al día en la forma que concebimos el universo”.

El autor concluye:

“Creo que esas formas de entender la interrelación de la naturaleza dependerán de si nos vemos orgánicamente vinculados o nos observamos como entes separados. Si es así, eso tiene consecuencias, una de ellas es que si nos vemos fragmentados siempre habrá muros y lo que tiene la ciencia y el arte es la posibilidad de ir más allá de ellos. El libro propone la posibilidad de que con estos mapas podamos responder a los retos que se nos plantean en el siglo XXI.”